Wednesday, December 02, 2020

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 Abstract

Excerpted From: Laura E. Gómez, Capítulo 2: Donde Los Mexicanos Encajan En ElNuevo Orden Racial, 37 Chicana/o-Latina/o Law Review 109 (2020) (172 Footnotes) (Full Document)

LauraGomezLa historia dominante de la expansión hacia el oeste retrata a los estadounidenses como valientes colonos que fueron bienvenidos por los mexicanos que vivían en lo que se convertiría en el oeste y el sudoeste de Estados Unidos. El capítulo previo ofrecía una historia muy diferente del encuentro entre los estadounidenses y los nativos mexicanos e indígenas de la región. En lugar de una anexión pacífica y libre de confrontaciones, el sudoeste vino a ser parte de Estados Unidos por medio de una conquista frecuentemente violenta, con leyes que jugaban un rol central en la perpetración de esa violencia. Además, la conquista estadounidense, así como la violencia específica infringida por las tropas y las leyes, reflejaron y expresaron las convicciones estadounidenses de la superioridad blanca y la inferioridad racial de todos los demás, incluidos los mexicanos.

Al describir la conquista política y militar de Nuevo México por Estados Unidos, hice énfasis en el estatus de la región como colonia estadounidense. Sin embargo, la colonización de la región en el siglo XIX fue injertada sobre la colonización española de los tres siglos precedentes. La del sudoeste se desarrolló en lo que llamo un contexto de “doble colonización.” Ambos regímenes coloniales, el estadounidense y el español, impusieron un estatus de desigualdad basado en diferencias raciales. Mientras que un aspecto central de ambas conquistas, la española y la estadounidense, fue la ideología racial de la supremacía blanca, las variantes particulares de esta ideología difirieron bajo ambos regímenes.

La doble colonización significó que varios de los grupos raciales que habitaban la región a mediados del siglo XIX fueran forzados a navegar en dos regímenes raciales diferentes, simultáneamente. Por ejemplo, los nativos de Nuevo México--los mexicanos, los Indios Pueblo y otras comunidades indias-- negociaron el orden racial estadounidense bajo la sombra del orden racial hispano-mexicano. De forma similar, los euro-estadounidenses que emigraron a Nuevo México, al igual que aquellos que vivían en otros lugares, experimentaron la incorporación en la nación de mexicanos e indígenas frente al contexto del previo orden racial hispano-mexicano. La doble colonización dio como resultado una situación en la cual cada uno, incluyendo las élites de todas las razas, competía por una posición y se definía a sí mismo y a los otros en un innegable terreno multirracial. Para entender completamente la naturaleza de los cambios en el orden racial después de la ocupación estadounidense, debemos, primeramente, saldar cuentas con el previo orden racial español. Solamente entonces podremos explorar cómo ambos sistemas de subordinación racial interactúan entre sí para producir el nuevo orden racial estadounidense.

[. . .]

A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, los puntos de vista dominante y progresista sobre la raza coexistieron en Nuevo México, rivalizando por la supremacía, alternativamente adoptada por las élites euro-estadounidenses. La condición de Estado per se no desencadenó una transición del punto de vista dominante al progresista, pero los años precedentes y posteriores comenzaron a sugerir que los límites de la narrativa dominante enfatizaban la inferioridad racial de la mayoría de la población de los nuevos estados. Bajo el punto de vista dominante los indígenas, esencialmente, se ubicaron fuera de la estructura de la vida política y la ciudadanía, mientras que los mexicanos fueron retratados como no merecedores de la membresía de la comunidad política estadounidense; en esta línea, la narrativa dominante racial expresaba un nostálgico anhelo, más que la nueva realidad política. Alentado por la condición de Estado y la penetración concomitante de la economía en Nuevo México, el punto de vista progresista sobre la raza había suplantado mayoritariamente la narrativa dominante hacia 1920. En ese tiempo, el mito de la armonía tricultural había llegado a ser un tema recurrente clave en los esfuerzos de las relaciones públicas por atraer a los euro-estadounidenses desde otros estados a Nuevo México, tanto turistas temporales como inmigrantes permanentes.

A lo largo del principio del siglo XX, el punto de vista progresista sobre la raza vino a arraigarse como la mitología racial oficial de Nuevo México y, hoy en día, todavía resuena en el discurso público. Como acertadamente escribe la antropóloga Silvia Rodríguez, “el perecedero y entrañable cliché de Nuevo México como la meca del turismo es la armonía tricultural.” El mito de la armonía tricultural abarca los tres preceptos del punto de vista progresista de la raza articulados primero por Prince. Primero, hay un énfasis en la diferencia cultural, más que en la raza, permitiendo a los habitantes de Nuevo México hablar acerca de la raza sin mencionarla. La referencia a la armonía “tricultural” alude a las diversas tribus indias del Estado, a los méxico-estadounidenses y a los euro-estadounidenses. Segundo, el tema de la armonía racial es prominentemente destacado, desplazando la larga y compleja historia del conflicto intergrupal. Al escribir en 1969, un historiador euro-estadounidense consagró este precepto describiendo los puntos de vista contemporáneos dentro de las “tres culturas” de Nuevo México: “Tres culturas distintas--la india, la española y la anglo-- viven pacífica y cooperativamente en el moderno Nuevo México.”

El tercer precepto es una explicación implícita de la desigualdad para cada grupo arraigada en las diferencias culturales, no en la raza per se. La dominancia de la economía de la cultura (euro-estadounidense) “orientada al futuro” que supera las culturas mexicana e india, paralizadas por su adherencia a las tradiciones pasadas. No fue hasta el inicio del movimiento de los derechos civiles de los Chicanos de 1970, largamente cultivado desde el movimiento por los derechos civiles de los negros, fue allí un reto (aunque finalmente poco exitoso) sostenido de la narrativa progresista de las relaciones de raza de Nuevo México. Por ejemplo, al escribir en 1969, el historiador Robert Larson empezó su libro acerca de la condición de Estado con la descripción de la invasión de la armada estadounidense a Nuevo México, en 1846. “Por ahora, la enérgica y agresiva civilización anglo-estadounidense debería ser injertada en las envejecidas y de alguna manera letárgicas civilizaciones españolas e indias.” Las declaraciones de Larson adoptan el punto de vista progresista de la raza, dentro del cual la desigualdad racial es naturalizada como simplemente una reflexión de la diferencia cultural. Sólo después del movimiento Chicano, con el énfasis en el conflicto racial y su demanda por igualdad racial, hizo que tales declaraciones vinieran a ser inaceptablemente racistas.

Este capítulo ha explorado el ascenso del punto de vista progresista de la raza como una contra narrativa del punto de vista dominante de la raza en Nuevo México. Significativamente, ambas narrativas, la dominante y la progresista fueron racistas: ambas asumieron la superioridad racial de los euro-estadounidenses y la inferioridad racial de los mexicanos e indígenas. Diferían en el grado en el cual ellos permitían la participación de los méxico-estadounidenses en la vida civil de Estados Unidos. Bajo el punto de vista dominante, los méxico-estadounidenses no eran aptos para el autogobierno democrático porque ellos eran una población racialmente inferior; bajo el punto de vista progresista, eran considerando una presencia más benigna en Nuevo México. El punto de vista progresista inventó un pasado glorioso español que borró la brutalidad del colonialismo español hacia los indígenas. Esto afirma que los méxico-estadounidenses, al ser los herederos de los colonizadores europeos de los indígenas, estaban calificados para la ciudadanía plena, como representaba su condición de Estado. El próximo capítulo vuelve a las dinámicas de las relaciones entre los mexicanos e indígenas y las de los mexicanos y los negros en Nuevo México como otra ventana dentro del proceso de cómo los méxico-estadounidenses se convirtieron en un grupo racial. Mientras este capítulo se ha enfocado en cómo la élites euro-estadounidenses negociaron su orden racial bajo la sombra de una doble colonización de Nuevo México, el capítulo 3 se enfoca en cómo las élites méxico-estadounidenses alternativamente se acomodaron y disputaron su lugar en el nuevo orden racial en Estados Unidos.


Laura E. Gómez, J.D., Ph.D. es profesora de Derecho en la Escuela de Derecho de UCLA. Es directora del programa de los Estudios Críticos de Raza, el cual ella co-fundó en el año 2000.

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Vernellia R. Randall
Founder and Editor
Professor Emerita of Law
The University of Dayton School of Law

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